La historia del jamón

Si alguno de ustedes va a esperar a que le cuente la verdadera historia del cochino, guarro, cerdo o «gochu» que es más popular, como diría alguien vulgarmente, «va dau». Para mí, la verdadera leyenda de las patas traseras del porcino comienza allá por los años 50, viendo en una tienda que hacía esquina entre las calles?, poco importa su ubicación, en uno de sus escaparates siempre tenían una verdadera montaña de bocadillos y en su cristal rezaba el siguiente sugestivo anuncio: «Bocadillos de jamón a 5,00 pesetas». A mí aquello siempre me llamaba la atención y tenía gana de decirle a mi madre que me comprase uno. Pero no daba lugar a que lo pidiese, porque ella, intuyéndolo, al pasar siempre me decía: «Por ese precio, poco jamón te van a dar». Lo que también me sorprendía, era cómo quedaba aquel pan de un día para otro. Porque si a las seis de la tarde y cerrando a las 7 como habitualmente hacía el comercio en general, allí permanecían todos aquellos bocadillos, indudablemente los chuscos quedarían duros como una piedra. Más un día se lo dije a mi progenitora, debió de verme aquella cara angelical que yo, probablemente, falsamente ponía, que me lo compró. Y aquello?


Aquello fue algo así como «verlo y no verlo». Cuando ya lo tenía en la mano, lo inmediato fue abrir el bollo y ver lo había dentro: una sola, fina y triste raja de jamón, «acompañado» más de tocino que de partes «nobles» amarronadas. Cerré el pan, le hinqué el diente, mordí bien con el fin de separar lo que ya tenía en la boca del resto que aún quedaba en el interior, pero no hubo forma ni manera: la loncha salió entera. Visto lo cual, con una mano tiraba del jamón para intentar comerlo «a plazos» junto con el pan, y con la otra sujetaba a éste que ya estaba huérfano. El final, porque hay que llegar a él de alguna forma, fue el engullir toda la tajada de un tirón, pasar apuros para poder tragarla y, para acabar, tomar el pan «seco», como para empujar el jamón, el tocino y a continuación darme el hipo, como solía ocurrirme cuando tomaba algo sin bebida. Acabada la historieta, me dijo mi madre muy seria: «Mejor no comentes nada de esto a tu padre, porque si no se enfadaría». Yo creo que a partir de entonces dejé de ser, lo que se dice, amante del jamón y, sin llegar a despreciarlo precisamente, obvio el comerlo salvo que la excepción confirme la regla.


La cosa está que ya han transcurrido un montonazo de años, que los bocadillos de tal producto no están ni mucho menos a ese precio, pero que hay jamones en el mercado a punta pala, que las ofertas se producen por generación espontánea, que todas las procedencias nos parecen buenas y?


Hace igualmente muchos años que las cestas de Navidad venían siempre acompañadas de un suculento «pata negra», después la pata ya era pintada de ese oscuro color, más allá fue cambiada por un salchichón, luego por un chorizo de no sé dónde y, ahora, me dicen que sí ha vuelto el jamón, pero no la pata entera, sino un platito con unas pequeñas lonchas que encierra un papel de celofán. ¿Cree usted que no es cierto lo que le he contado? ¡Y un jamón!

 

Fuente: www.lne.es

 

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